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VOCACIÓN FRANCISCANA
La opción de Francisco y de Clara de Asís.
Síntesis de los ideales
de san Francisco y de santa Clara

por Lázaro Iriarte, O. F. M. Cap

 

«PADRE SANTO Y JUSTO»[2]

El hermano hombre llevó a Francisco al descubrimiento de Cristo, y fue el Cristo hermano quien le llevó al descubrimiento del Padre Dios. Es una experiencia personal la que aparece reflejada en los textos bíblicos que encabezan la primera de las Admoniciones:

«Dijo el Señor Jesús a sus discípulos: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me hubierais conocido, conoceríais también a mi Padre..." (Jn 14,6-9). "El Padre mora en una luz inaccesible" (1 Tim 6,16), y "Dios es espíritu" (Jn 4,24), y "a Dios nadie ha visto jamás" (Jn 1,18). Siendo Dios espíritu, no puede ser visto sino por el espíritu, porque "el espíritu es el que da vida, la carne no sirve para nada" (Jn 6,63). Pero ni el Hijo, en cuanto es igual al Padre, es visto por nadie de otra manera que el Padre, o de otra manera que el Espíritu Santo».[3]

En los escritos del santo se da a Dios 89 veces el nombre de Padre, ya para designar a la primera persona de la Trinidad ya como apelativo preferido al dirigirse al Dios altísimo. Y 26 veces esa invocación es puesta en boca de Jesús: gusta Francisco identificarse con el Hijo hecho «hermano nuestro» en los mismos sentimientos filiales, especialmente con la expresión Padre santo, Padre justo (Jn 17,11 y 25).

También en los escritos de santa Clara es frecuente la denominación de Dios como Padre, especialmente Padre celestial, expresión grata a Francisco por ser propia de Jesús (Mt 5,48), como también la de Padre de las misericordias.[4]

Por un lado, el Dios que adoran y aman Francisco y Clara es el ser transcendente, y se complacen en llamarlo el Altísimo y en aplicarle atributos de transcendencia: creador, excelso, inmutable, omnipotente (el atributo más repetido por Francisco), inenarrable, incomprensible, inescrutable, invisible, supremo...; pero, por otra parte, lo sienten personal y próximo: el Dios del Nuevo Testamento, revelado por Jesús, ese Dios que se halla en diálogo permanente de salvación con cada hombre, que a través del misterio de la encarnación está presente en todas nuestras situaciones, en nuestras tristezas y en nuestras alegrías, atento a la oración del humilde. Por lo mismo brota del corazón del Poverello otra serie de atributos, que no figuran en los tratados teológicos de las escuelas, pero que son profundamente bíblicos: amable, dulce, inocente, puro, suave, pacífico, recto; o en forma sustantivada, que es como corresponden a Dios: amor, caridad, dulzura, fortaleza, seguridad, humildad, mansedumbre, paciencia, descanso, gozo, refrigerio, esperanza, toda nuestra riqueza...

La actitud, por tanto, ante el Padre Dios es de profunda reverencia: ¿Quién eres tú..., quién soy yo?[5]; pero, al mismo tiempo, de confianza, de gratitud, de amor, de inmenso gozo filial, de prontitud para hacer la voluntad de un tal Padre.

Los escritos de los dos Santos ofrecen numerosos testimonios de los sentimientos que se acumulaban en su espíritu en los momentos de exaltación espiritual. Sobre todo en el inagotable capítulo 23 de la regla primera o no bulada fluyen, con inmediatez incontenible, los adjetivos de impronta bíblica:

«Ninguna otra cosa, pues, deseemos, ninguna otra ambicionemos, ninguna otra nos agrade ni deleite, sino nuestro Creador y Redentor y Salvador, el solo verdadero Dios, que es pleno bien, todo bien, total bien, verdadero y sumo bien: él, que solo es bueno, piadoso, manso, suave y dulce; él, que es solo santo, justo, veraz, recto; el solo benigno, inocente y puro...

Dondequiera y en todo lugar, a toda hora y en todo tiempo, diariamente y de continuo, todos nosotros creamos sincera y humildemente, tengamos en el corazón y amemos, honremos, adoremos, sirvamos, alabemos y bendigamos, glorifiquemos y sobreensalcemos, engrandezcamos y demos gracias, al altísimo y sumo Dios eterno, trinidad y unidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas y salvador de todos los que en él creen y esperan y a él aman, el cual es sin principio ni fin...» (1 R 23,9-11).

Siguen diecisiete atributos divinos. El Poverello, cuando deja curso libre al ardor de su corazón enamorado, agota el diccionario. Pero ninguna de sus oraciones es comparable a las Alabanzas del Dios altísimo, que escribió «de propia mano» después del éxtasis de la impresión de las llagas. Son efusiones ardorosas, pero de una entonación bíblica y lírica insuperable. Entre los atributos sustantivados que dirige a Dios hallamos las tres virtudes teologales y también tres de las virtudes cardinales; pero falta una: no le ha parecido bien, o no le ha brotado del subconsciente, decir a Dios «Tú eres prudencia».[6]

De santa Clara no nos han llegado oraciones personales, pero en sus escritos y en los testimonios del proceso se deja entrever cómo era la actitud de su espíritu ante el «altísimo Padre celestial», muy semejante a la del santo fundador.

DIOS EL BIEN, FUENTE DE TODO BIEN[7]

He aquí un concepto específicamente franciscano, que aparece en un retornelo grato a Francisco, repetido hasta cinco veces: «Tú eres el bien, todo bien, sumo bien, de quien procede todo bien, sin el cual no hay ningún bien».[8] El contenido de tales expresiones se halla en realidad en muchas otras páginas de sus escritos. Es fruto de una contemplación del ser de Dios a partir del espíritu pobre y de la relativización de los bienes creados. No es que Francisco ignore estos valores: nadie como él ha sabido descubrir todo lo que existe de positivo en sí mismo, en cada hermano, en cada hombre y en cada cosa; pero en su itinerario evangélico ha logrado establecer la verdadera jerarquía de valores y ha llegado a la conclusión de que el verdadero bien es Dios solo, de que él es «toda nuestra riqueza a saciedad» (AlD 4). Y esto no sólo en lo que se refiere a la bondad física, sino también a la moral y espiritual, desde el momento que sólo Dios es bueno (Lc 18,19).

Consiguientemente Dios es fuente de todo bien. El hombre debe atribuirle a él todos los bienes; más aún, cualquier bien que hallamos en nosotros debe volver a él, puesto que es él quien realiza todo bien en mí y por medio de mí, en mi hermano y por medio de mi hermano:

«Y devolvamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos que todos los bienes son de él, y démosle gracias por todos a él, de quien proceden todos los bienes» (1 R 17,17). «Son vivificados por el espíritu de la divina letra aquellos que no atribuyen al cuerpo toda la letra que saben y desean saber, sino que, con la palabra y el ejemplo, la devuelven al altísimo Señor Dios, de quien es todo bien» (Adm 7,4). «Todo el que envidia a su hermano por el bien que el Señor dice y hace en él, incurre en el pecado de blasfemia, porque envidia al mismo Altísimo, que dice y hace todo bien» (Adm 8,3). «Bienaventurado aquel siervo que no se exalta más del bien que el Señor dice y obra por medio de él, que del que dice y obra por medio de otro» (Adm 17,1). «Tú eres trino y uno, Señor Dios de dioses, tú eres el bien, todo el bien, el sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero» (AlD 3). «... porque tú, Señor, eres sumo bien, eterno bien, del cual viene todo bien, sin el cual no hay ningún bien» (ParPN).

Y todo es gracia de Dios, porque todo es don gratuito de este supremo bienhechor, este «gran limosnero, que da con largueza y con bondad a todos, dignos e indignos» (2 Cel 77); o, como escribe santa Clara, este «dador de toda gracia, de quien procede toda dádiva preciosa y todo don perfecto» (Sant 1,16). Gusta la santa de dar a Dios el nombre de Dador, de quien cada día recibimos tantos beneficios, entre ellos el don de la vocación y el de esparcir el perfume de una vida santa. También para Clara Dios es toda riqueza y bondad a suficiencia.[9]

Así es como el sentimiento de gratitud aflora en cada página, sobre todo en las oraciones de Francisco. Todo el capítulo 23 de la Regla primero o no bulada es como un prefacio festivo de acción de gracias, ante todo por lo que Dios es en sí mismo y, luego, por el don de la creación, del destino a su amistad, de la encarnación y de la redención, y por la futura venida de Cristo: o sea, toda la historia de la salvación. Pero solamente Cristo, el Hijo, en quien el Padre se complace, es capaz de darle las gracias debidas; y Francisco quisiera agrupar en torno al Redentor a toda la Iglesia del cielo y de la tierra, a todos los hombres, actuales y futuros, en el himno de alabanza y de acción de gracias al sumo Bien.[10]

En los escritos de santa Clara se respira asimismo un sentimiento habitual de gratitud por los dones recibidos de Dios; ella misma se consideraba toda puro don, su existencia un regalo del amor de un tal Padre. Poco antes de morir le oyeron decir las hermanas que la asistían, hablando con su alma con voz casi imperceptible:

«Parte segura y en paz, ya que tendrás buena escolta: porque quien te creó, antes te santificó y, después que te creó, puso en ti al Espíritu Santo; y te ha guardado siempre como la madre cuida del hijo que ama».

Después añadió el más gozoso reconocimiento por el don de la existencia, bella aun en la tierra, si bien sujeta a tantas enfermedades y penalidades, y más bella en la vida nueva que estaba para comenzar: «¡Bendito seas, Señor, porque me has creado!». Y continuó «hablando de la Trinidad» (Proc 3,20; 11,3).

Ningún texto recoge mejor los sentimientos de admiración y de correspondencia ante el Altísimo que la breve súplica puesta por Francisco al final de las Alabanzas para cada hora:

«Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios,
todo bien, sumo bien, total bien,
tú que eres el solo bueno:
a ti te tributamos toda alabanza,
toda gloria, toda gracia,
todo honor y toda bendición,
te devolvemos todos los bienes.
¡Sea, sea! Amén».

EL DIOS - TRINIDAD

Se habla de «cristocentrismo» franciscano, y es verdaderamente un distintivo de la teología franciscana, especialmente de la bonaventuriana; quizá también lo es de la espiritualidad franciscana en general. Al examinar la piedad personal de Francisco a través de los antiguos biógrafos tendremos tal vez la impresión de que todo se mueve en torno a la vida y a la cruz de Cristo. Pero cuando se analizan sus escritos personales, sin perder de vista lo que significa en ellos la persona y el misterio del Salvador, como se ha dicho, se llega a la conclusión de que la Trinidad ocupa el lugar culminante.

Y esta Trinidad no es puro misterio de fe, que se acepta y se venera, sino misterio de vida, contemplado y visto por el «espíritu» (Adm 1,5-8). Como en las páginas de san Juan y de san Pablo, cada una de las tres Personas es mirada en su acción dinámica, creando, salvando, animando, santificando, invitando a los hombres a la comunión de vida en el amor.

Por una de esas sorprendentes intuiciones suyas, se expresa en el sentido de la fórmula de tradición patrística: toda presencia y acción de las tres Personas proviene del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo, según las atribuciones específicas de cada una, pero todo es obra del mismo Dios, que es «Trinidad perfecta y simple unidad» (CtaO 52). La obra de la creación se realiza «por la santa voluntad del Padre y por el único Hijo en el Espíritu Santo» (1 R 23,2); la divina elección y la consagración, que la sigue, de santa María Virgen es efecto del amor eterno de las tres Personas (SalVM 2; OfP Ant); la encarnación y la redención, como también la perpetuación de este doble misterio en la Iglesia, que es la eucaristía, se llevan a cabo por el concurso de las tres Personas: «Cada día el Hijo de Dios desciende del seno del Padre» y es «recibido por el Espíritu del Señor», además, «obra, junto con el Padre y con el Espíritu Santo, como le place» (1 R 5-11; Adm 1,16-18; CtaO 32-33); y la inhabitación -esa realidad, tan entrañable para el santo, por lo mismo que forma parte de su experiencia inefable- es el intercambio del amor nupcial que cada una de las tres Personas enriquece en quienes hacen la voluntad del Padre, según los textos del evangelio de Juan (Jn 14,20-23):

«Preparemos siempre, en el corazón y en la mente, habitación y morada a este Señor nuestro omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo» (1 R 22,27).

«Sobre todos aquellos y aquellas que tales cosas ponen en práctica y perseveran hasta el fin, reposará el Espíritu del Señor y pondrá en ellos su habitación y morada. Y serán hijos del Padre celestial, cuyas obras realizan. Y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo... ¡Oh, qué glorioso y santo y grande es tener en los cielos un Padre! ¡Oh, qué santo, consolador, hermoso y admirable es tener un Esposo! ¡Oh, qué santo y qué tierno, placentero, humilde, pacífico, dulce, amable y sobre todas las cosas deseable, es tener un tal Hermano y un tal Hijo...!» (2CtaF 48-56).

La doxología litúrgica -Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo-, frecuentemente presente en los escritos, no es para Francisco una mera fórmula ritual, sino un homenaje de reverencia y de gratitud a las tres Personas recordadas nominalmente, así como también sus bendiciones en nombre de la Trinidad:

«Todo el que guardare estas cosas sea colmado en el cielo de la bendición del altísimo Padre y sea colmado en la tierra de la bendición de su amado Hijo, con el Espíritu Santo Paráclito» (Test 40; cf. 2CtaF 88).

«LA SANTA CARIDAD, QUE ES DIOS»[11]

¡Tú eres caridad, amor! (AlD 4). Ese Dios, al que quiere honrado con tantos atributos de grandeza y de amistad, tiene para Francisco una definición que le llena el alma, la misma que nos da san Juan condensando las enseñanzas de Jesús sobre el Padre: Dios es amor (1 Jn 4,7). Siempre que quiere inculcar algo que lleva muy en el corazón recurre a la expresión: «Suplico en la santa caridad que es Dios». [12]Toda manifestación del ser y del designio de Dios nos habla de su amor eterno.

La piedad del santo se hace, por lo mismo, una respuesta de amor. El amor es la atmósfera en que se mueve su oración, el sello de su espiritualidad, la ley primera de la fraternidad y el mensaje fundamental que los hermanos menores han de llevar al mundo. Es un amor que se traduce en prontitud para hacer la voluntad de Dios y agradarle; espíritu de devoción, que requiere atención constante a mantener pura la mente y limpio el corazón de cuanto sirva de impedimento para devolver todo el ser a Aquel de quien lo hemos recibido y de quien nos viene todo bien.

«Ya que hemos dejado el mundo -exhorta a los hermanos-, lo único que debemos hacer es ser solícitos en seguir la voluntad del Señor y agradarle... Guardémonos mucho, hermanos todos, de apartar del Señor la mente y el corazón bajo pretexto de cualquier merced, obra o favor...» (1 R 22,9.25).

«Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo el vigor y toda la fuerza, con toda la inteligencia y con todos los recursos, con todo el empeño y el afecto, todas las entrañas, todos los deseos y quereres al Señor Dios, que nos ha dado y nos da a todos nosotros todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida, que nos ha creado y redimido, y que nos ha de salvar por sola su misericordia, que a nosotros, miserables y míseros, podridos y hediondos, ingratos y malos, nos ha hecho y nos hace toda clase de bienes» (1 R 23,8).

Era tan sensible Francisco a la llamada del amor, que «no podía oír sin estremecimiento las palabras amor de Dios. Súbitamente se excitaba, se conmovía, se inflamaba, como si al sonido de la voz exterior vibrase la fibra interior de su corazón... Y, lleno de afecto, decía: «Mucho se ha de amar el amor de quien tanto nos ha amado» (2 Cel 196). Ese «fervor de la caridad» vivificaba toda su piedad, sus relaciones con Jesucristo, su devoción a María, su ternura con los hombres y su actitud de hermano hacia todas las cosas creadas (cf. LM cap. 9). No sabía rehusar nada que se le pidiera «por amor de Dios», y era arriesgado emplear esta fórmula hablando con él: «El bienaventurado Francisco tenía la costumbre de que, cuando se le decía: "Por el amor de Dios, dame la túnica, la cuerda" u otra cosa que tuviera, en seguida la daba por respeto a aquel Señor que se llama Amor. Se disgustaba mucho, y por eso reprendía a los hermanos, cuando observaba que alguno de ellos invocaba por una bagatela el amor de Dios. Decía: "El amor de Dios es algo tan sublime, que no se debe nombrar sino raramente, en caso de gran necesidad y con profundo respeto"» (LP 90).

«Ebrio de amor divino» le dicen los Tres Compañeros. Tutto serafico in ardore, lo proclamará Dante (Paradiso XI, 37). Y la literatura le viene aplicando el adjetivo de seráfico, que de él se ha corrido a todo lo franciscano. Con san Buenaventura el amor entraría a ocupar la primacía, no sólo en la piedad y en las elevaciones místicas, sino aun en la ciencia teológica.

HERALDOS DE LA REALIDAD DE DIOS

En la lógica cristiana del Poverello, que no quiere ser «ladrón de los dones de Dios» (2 Cel 99), no sólo es un deber de reciprocidad de amor dar gracias permanentemente al Altísimo por el don de sí mismo y de tantos bienes, sino que es una experiencia que se hace testimonio y mensaje; de lo contrario sería una apropiación egoísta. Más aún, es el mensaje fundamental de los hermanos menores en el mundo, lo que da el verdadero sentido a la predicación penitencial.

En el modelo de lauda que propone en la Regla no bulada para que «puedan anunciarla todos los hermanos, siempre que les plazca, entre cualquier clase de gente», dice la primera estrofa:

«Temed y honrad,
alabad y bendecid,
dad gracias y adorad
al Señor Dios omnipotente
en Trinidad y Unidad
Padre, e Hijo y Espíritu Santo,
creador de todas las cosas» (1 R 21,2).

Hubiera querido hacer de sus hermanos otros tantos alabadores y testigos jubilosos de la Trinidad. Tomás de Eccleston nos ha conservado en su Crónica el contenido de una carta del santo a los hermanos de Francia: «San Francisco, estando al aire libre y bajo la lluvia, pero sin mojarse, escribió una carta, de su puño, y la mandó por medio del hermano Martín de Barton al ministro y a los hermanos de Francia, invitándoles a que, recibida la carta, dieran rienda suelta al júbilo y entonaran alabanzas al Dios Trinidad, diciendo: "¡Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo!"».

Al comienzo de la Carta a la Orden, inspirándose en las palabras del libro de Tobías (Tb 13,4-6), Francisco ve en su fraternidad, destinada a «ir por el mundo», una misión similar a la de los hijos de Israel, dispersos entre las naciones, y dice a los hermanos:

«Alabadle, porque es bueno, y ensalzadle con vuestras obras, ya que para esto os ha enviado al mundo entero, para que, de palabra y de obra, deis testimonio de su voz y hagáis saber a todos que no hay otro omnipotente sino él» (CtaO 8-9).

Esta misión central de los hijos de san Francisco, de ser testigos de la realidad de Dios, es hoy de una urgencia primaria. «El ateísmo es uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo», sea en forma de agnosticismo, sea en la de un humanismo autosuficiente que no cree tener necesidad de Dios, sea en la del ateísmo sistemático de cuño marxista, que considera toda dimensión transcendente, en especial la religiosa, como un sustitutivo alienante del compromiso de construir la ciudad terrena (Vaticano II, GS 19-21). Un buen servicio al hombre de hoy será ayudarle a no aceptar «omnipotencia» alguna fuera de la de Dios y ofrecer, al mismo tiempo, a nuestra generación una imagen de Dios purificada de toda forma de instrumentalización utilitaria, una imagen más evangélica, más encarnada. El creyente moderno posee una sensibilidad particular para percibir la presencia de Dios en la realidad histórica, precisamente la misma dimensión que aparece en san Francisco: un Dios «hecho semejante a los hombres», inmerso en las vicisitudes del devenir humano, en las contingencias de nuestra existencia, tan limitada, tan vulnerable: «probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (cf. Rm 8,3; Fil 2,7; Hb 4,15). La Encarnación es como un estado permanente del Dios con nosotros, respetuoso con las obras de sus manos, sobre todo con el don de la libertad dado a los hombres, hasta el punto de aparecer como impotente ante nuestros males: catástrofes, guerras, opresiones, situaciones de pecado. Tiene razón Francisco para proclamarlo «inocente y puro», «tú eres paciencia».[13].

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NOTAS:

[1] S. López, Dios mío y todas mis cosas. Transcendencia y exclusividad de Dios en san Francisco, en Verdad y Vida 28 (1970) 47-82; el mismo trabajo, pero sin notas ni citas, en Selecciones de Franciscanismo, vol. I, núm. 3 (1972) 52-68; S. López, El Dios para quien bailaba san Francisco, en Verdad y Vida 34 (1976) 33-55; P. Beguin, El hombre frente a Dios según san Francisco, en Verdad y Vida 34 (1976) 411-430; P. Beguin, Visión de Dios en san Francisco y la que tiene el hombre de hoy, en Verdad y Vida 35 (1977) 47-71; M. Hubaut, El misterio de la Trinidad viviente en la vida y oración de san Francisco, en Selecciones de Franciscanismo, vol. 10, núm. 29 (1981) 264-270; AA. VV., L'esperienza di Dio in Francesco d'Assisi, extr. de Laurentianum 23 (1982) 1-441 (edición aparte, Roma 1982); J. M. Rovira Belloso, Francisco de Asís y la adoración a Dios, en Verdad y Vida 40 (1982) 37-53, también en Selecciones de Franciscanismo, vol. 14, núm. 42 (1985)395-410; C. Amigo Vallejo, Francisco, ¿cómo es Dios? Madrid, Ed. Cisneros, 1982, 144 pp.; D. Barsotti, Le Lodi del Dio Altissimo, Milano 1982; A. Pompei, Dio, Trinità, Signore, en DF, 365-412; O. Schmucki, La visión de Dios en la piedad de san Francisco de Asís, en Selecciones de Franciscanismo, vol. 14, núm. 41 (1985) 217-231.

[2] T. Matura, «Mi Pater sancte». Dios como Padre en los escritos de san Francisco, en Selecciones de Franciscanismo, vol. 13, núm. 39 (1984) 371-405.

[3] C. M. Teixeira, Dios en la experiencia personal de san Francisco, en Selecciones de Franciscanismo, vol. 12, núm. 35 (1983) 209-239.

[4] RCl 6, 1. 3; 9,11: «Después que el altísimo Padre celestial... os habéis hecho hijas y esclavas del altísimo sumo Rey el Padre celestial... tampoco os perdonará vuestro Padre celestial»; TestCl 2. 14. 18. 24. 58: «Entre tantos beneficios como hemos recibido y estamos recibiendo cada día de la liberalidad de nuestro Padre de las misericordias... cuya vida difundirá su fama y dará gloria a nuestro Padre celestial... Con cuanta solicitud no debemos guardar lo que nuestro Dios y Padre quiere de nosotras... Después que el altísimo Padre celestial se dignó iluminar mi corazón... por sola misericordia y gracia del dador de todo bien, que es el Padre de las misericordias...»; BenCl 12: «... con todas las bendiciones con que el mismo Padre de las misericordias ha bendecido y bendecirá a sus hijos y a sus hijas...»; 1CtaCl 14. 24: «... y nos reconcilió con Dios Padre... y os habéis hecho merecedora de ser llamada hermana, esposa y madre del Hijo del Padre altísimo y de la gloriosa Virgen»; 2CtaCl 4: «... hecha solícita imitadora del Padre perfecto...».

[5] Florecillas, Consideraciones sobre las Llagas 3.

[6] AlD 1-7. Una sola vez aparece el término prudencia en los escritos del santo, y precisamente para prevenir contra la «prudencia de la carne» (1 R 17,10). ¡Tantas veces vio invocar la prudencia como pretexto contra el radicalismo evangélico!

[7] L. Iriarte, Dios el Bien, fuente de todo bien, según san Francisco, en Selecciones de Franciscanismo, vol 12, núm. 34 (1983) 41-62.

[8] 1 R 17,17-18; 23,8-9; Adm 7,4; 8,3; 17,1; 19,1; 2CtaF 62; AlD 3; CtaO 8; ParPN 2.

[9] TestCl 2: «Entre tantos beneficios como hemos recibido y estamos recibiendo cada día de la liberalidad de nuestro Padre de las misericordias, por los cuales debemos mayormente rendir acciones de gracias al mismo Señor de la gloria, uno de los mayores es el de nuestra vocación; y cuanto ésta es más grande y más perfecta, tanto más deudoras le somos»; TestCl 58: «Con lo cual, no por nuestros méritos, sino por sola misericordia y gracia del dador de todo bien, que es el Padre de las misericordias, difundirán siempre las hermanas el buen olor de su fama para las que están lejos y para las que están cerca»; 2CtaCl 3: «Doy gracias al dador de toda gracia, de quien sabemos que procede toda dádiva preciosa y todo don perfecto, porque te ha adornado con tantas muestras de virtud y te ha hecho brillar con señales de tan alta perfección».

[10] 1 R 23,1-11. Cf. L. Lehmann, «Gratias agiinus tibi». Structure and content of chapter XXIII of the Regula non bulluta, en AA. VV.,

L'esperienza di Dio in Francesco d'Assisi en Laurentianum 23 (1982) 312-375; D. Azevedo, Riconoscenza, gratitudine, en DF, 1557-1570.

[11] I. Heerinckx, De momento caritatis in spiritualitate franciscana, en Antonianum 13 (1938) 19-32, 135-170, 475-488; L. Veuthey,

Théologie de l'amour, en Miscellanea Francescana 50 (1950) 3-34; AA. VV., La carità nella spiritualità francescana, en Quaderni di Spiritualità Francescana 11, Asís 1965; L. Temperini, Amore di Dio, amore del prossimo, en DF, 55-75.

[12] 1 R 17,5; 22,26; 2CtaF 86. Cf. la exhortación de Francisco a Clara Audite poverelle, 4.

[13] 1 R 23,9; AlD 4. Cf. D. Covi, Il Dio di Francesco e dell'uomo moderno: convergenze e divergenze, en AA. VV., L'esperienza di Dio in

Francesco d'Assisi, extr. de Laurentianum 23 (1982) 1-39.